En estos momentos me pregunto por qué tengo que hablar de estas cosas. Pero a la vez, siento la obligación moral de hacerlo. Es una manera de honrar a alguien que hizo mucho bien. Además, quiero evitar que la experiencia vaya cayendo en el olvido. Alberga una profunda enseñanza. Obliga a buscar respuestas que a simple vista no existen. Pues el misticismo siempre nos obliga a pensar.
Voy a hablar con la misma naturalidad que sucedieron los hechos. Sin entrar en los meticulosos quehaceres de la literatura ni añadir adornos embellecedores. Por eso no esperen detalles sobre la temperatura, el paisaje, las piedras del patio o las trenzas de la niña que saluda al pasar con una muñeca entre sus manos. Seré lo más puntual y exacto posible. No busco impresionar a los lectores.
Todo ocurrió hace muchos años. Es uno de esos fenómenos a los cuales no podemos darle una explicación racional. Pues entra en ese conglomerado de eventos paranormales. Los que carecen de explicación científica. Muchas cosas las recuerdo con claridad. Otras, las supe a través de los relatos de mi familia.
Yo acababa de cumplir cinco años de edad. Hasta ese momento había sido un niño saludable. En aquel tiempo era obligatorio presentar un certificado que garantizara tu salud para matricular en el colegio. En mi caso, me faltaba la vacuna contra la viruela. Una enfermedad que amenazaba con expandirse.
Dicha vacunación era temida hasta por los adultos. No sólo por lo doloroso que resultaba, sino también porque sus efectos tardaban varios días en desaparecer. Consistía en recibir 27 pinchazos en la rodilla, como haciendo agujeros. Posteriormente, se derramaban varias gotas sobre los orificios. Sin embargo, recuerdo que hasta salí risueño de la tortura. Sin sospechar que los problemas apenas comenzaban.
Como de costumbre, esa noche me dormí temprano. Todo normal. Pero al día siguiente, cuando fui a levantarme, casi no podía mover la pierna. Se había inflamado sobremanera. Oscurecida hasta la ingle. No podía afincarse en el piso. Mis padres al verme se horrorizaron y yo empecé a llorar sin consuelo.
Sin pérdida de tiempo, me llevaron al hospital. La doctora en emergencias explicó que en algunos casos se podía infestar y me recetó un antibiótico. Asegurando que en menos de 72 horas todo volvería a la normalidad. Sin dar muestras de alarma o algo por el estilo.
La tarde siguió su curso normal. Luego me quedé dormido con el segundo pinchazo. Un niño siempre trata de buscar evasión cerrando los ojos. Abstrayéndose en sus imaginaciones. La tercera inyección me la pusieron dormido. Tan solo sentí el calor ardiente que atacaba la nalga.
En la madrugada desperté con un llanto inconsolable. Encima de la negritud y el hinchamiento, tenía un dolor agudo que llegaba hasta el pecho. El antibiótico no había ayudado. El mal aumentaba. A pesar de que aparte de las inyecciones me suministraban calmantes.
Al amanecer volvimos al hospital. El empeoramiento era notorio. Yo estaba casi muerto. El otro médico que me vio no demoró un minuto en emitir un terrible diagnóstico: estaba grave y debían llevarme a un hospital con mejores recursos. En estos casos lo normal es la amputación de la pierna para salvar la vida del paciente.
Yo no escuché la conversación con el doctor. Seguía tendido sobre una camilla casi inconsciente. Pero al ver las caras de mi familia comprendí que algo trágico rondaba el ambiente. De inmediato salimos a recoger algunas cosas y buscar otro hospital.
Antes de emprender el viaje mi tío se acercó y le dijo a mi padre que arriesgara unos minutos y le pidiera a Don Pepe Sosa que me viera. Él era el curandero del pueblo y vivía cerca. No cobraba y atendía incluso a gente de otros lugares. Recordemos que en casos extremos la fe se juega su mejor carta.
Don Pepe llegó en menos de cinco minutos. Andaba vestido de blanco, zapatos altos de color negro y un sombrero estilo panamá algo desgastado. Poseía un aire de persona culta sin haber visitado nunca una escuela. Mezclaba muy bien la simplicidad con la elegancia. Recalcando en sus ojos esa ternura que ayuda a veces a que hasta los horribles se acerquen a la belleza.
— ¿Hay alguna mata de limón aquí? — Inquirió con voz cálida y una media sonrisa tranquilizadora.
— Claro Don Pepe — Respondió mi padre, mostrándole por la ventana la vieja mata de casa.
— Todo va a estar bien. No se preocupen — Dijo mientras salía en busca de un manojo de hojitas verdes como recién nacidas.
Al regresar se sentó en la cama junto a mí. Tomó una tijera y comenzó a cortar las hojas en forma de cruz mientras continuaba hablando. Hoy no recuerdo exactamente lo que decía, aunque asumo que fueron palabras de aliento.
Cuando terminó de cortarlas me pidió que extendiera los brazos hacia abajo. Paralelos a la cama. Luego acercó el ramillete a mi pierna y empezó a rezar con los ojos cerrados. Lo hacía en un tono tan bajo que no se le entendía. Se mantuvo un buen rato con el ritual. Hasta que en un momento determinado se le escapó una lágrima. En ese momento me miró fijamente y me preguntó:
— ¿Habías visto antes a un viejo llorar?
— No— Le contesté con cierta pena y él comenzó a sonreír.
Cuando finalizó se puso de pie y le dijo a mis padres que si querían llevarme al hospital que lo hicieran, pero que ya no era necesario. Estaba curado. Fue tan preciso en su diagnóstico que llenó a mis padres de esperanza. Antes de irse me abrazó. Luego, desde la puerta , dijo algo que nunca he olvidado.
— “Lo más increíble de los milagros es que suceden.”
Lo que pasó después no tiene mucha importancia. Pero esa misma noche tomé sopa, me reí y fui al baño sin ayuda. Mi familia se mantuvo en vigilia toda la noche. Al día siguiente me levanté temprano y me puse a jugar en el patio. Sentí que mi perro me relamía como nunca. Mientras mi madre me gritaba desde la ventana:
— Hijo no te pongas a correr todavía.
