ANTONIO MINO WEB

QUEVEDO Y GÓNGORA: ENEMIGOS A MUERTE



El odio visceral entre Quevedo y Góngora, pertenecientes al Siglo de Oro Español, siempre ha provocado pláticas que van de lo burlesco a lo serio. ¿Qué pasó realmente entre ellos? ¿Por qué se odiaban? ¿Cómo empezó el conflicto?

Sabemos que ambos usaron el mismo recurso poético (ironía) como mecanismo de protección, además del uso que le dieron en los enfrentamientos verbales. La enemistad fue toda una puesta en escena, que pervivió a sus muertes, pero que la gente disfrutaba. A tal punto, que dejaron una huella ineludible en el ámbito literario.

Pero ¿cuál fue el origen de su rivalidad? Según se ha descubierto todo comenzó con un duelo literario que tuvo lugar en 1601 en la ciudad de Valladolid. Aunque el conflicto cobró magnitud cuando en 1610 Góngora criticó públicamente a Quevedo.

A partir de ese momento la enemistad creció y los ataques se hicieron frecuentes en ambas direcciones. Alcanzando su punto culminante en los «Sueños» de Quevedo, una serie de obras satíricas y críticas que se consideran una respuesta directa a la poesía de Góngora.

Hay que señalar que aunque el duelo se centró principalmente en la visión opuesta de la poesía, también había rivalidades personales y políticas subyacentes. Ambos poetas estaban vinculados a diferentes grupos y tenían distintas ideologías.

A continuación algo escrito durante la fuerte batalla. Teniendo en cuenta que Quevedo cojeaba y era miope, mientras Góngora poseía una nariz muy pronunciada.

De Quevedo a Góngora:


[...] “el monóculo sí, mas ciego vulto;

el resquicio barbado de melenas;

esta cima del vicio y del insulto;

éste, en quien hoy los pedos son sirenas,

éste es el culo, en Góngora y en culto,

que un bujarrón le conociera apenas”.


De Góngora a Quevedo:


Cierto poeta, en forma peregrina

cuanto devota, se metió a romero,

con quien pudiera bien todo barbero

lavar la más llagada disciplina.


Era su benditísima esclavina,

en cuanto suya, de un hermoso cuero,

su báculo timón del más zorrero

bajel, que desde el Faro de Cecina


a Brindis, sin hacer agua, navega.

Este sin landre claudicante Roque,

de una venera justamente vano,


que en oro engasta, santa insignia,

aloque, a San Trago camina, donde llega:

que tanto anda el cojo como el sano.
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