La hiperconectividad, los trabajos sin horario y la cultura del “emprender o perecer” nos empujan a estar disponibles todo el día, incluso en los momentos de descanso. Pero las consecuencias ya se ven con mucha claridad: una sociedad en la que es muy común vivir con ansiedad, insomnio, falta de concentración, cuadros depresivos, desconexión corporal.
En ese contexto, resulta interesante que desde una pequeña región costera de Croacia emerja un concepto que propone exactamente lo contrario: dejarse estar, soltar el control y entregarse, sin culpa, al arte de no hacer nada.
Fjaka (que se pronuncia “fíaca”, como nuestra palabra en lunfardo) es una expresión típica de la región dálmata, en la costa del mar Adriático. Aunque en Croacia la describen como “un estado sublime en el que uno desea nada”, no debe confundirse con la vagancia. Más bien, se trata de un modo de habitar el tiempo con calma, de dejarse estar, sin exigencias ni objetivos.
Algunas teorías etimológicas sugieren que el término podría derivar del español “flaca”, no en su sentido literal de delgadez, sino en su uso figurado, vinculado al desgano o la modorra, muy similar al que le damos a la “fiaca” en el español rioplatense.
Fjaka es estar sin plan: una filosofía que nos recuerda que el valor del tiempo no siempre se mide en productividad. Para ellos “no hacer nada” tiene grandes beneficios de “no hacer nada”, aunque suene contradictorio.
La ciencia lo respalda: el descanso verdadero no solo ayuda a reducir el estrés, sino que también mejora la función cognitiva, la creatividad y la estabilidad emocional. Pues detenerse y no hacer nada —de forma consciente y sin culpa— puede ser una de las estrategias más eficaces para cuidar la salud mental.
Un estudio publicado en Frontiers in Psychology (2018) demostró que la mente en reposo, sin estímulos externos, tiende a entrar en lo que se conoce como modo por defecto o default mode network, un estado cerebral que facilita la introspección, la conexión emocional y la consolidación de la memoria. Es decir: el “no hacer” también es hacer, pero a otro nivel.
Por otro lado, investigaciones realizadas por la Universidad de Melbourne concluyeron que tomar microdescansos durante el día aumenta la productividad a largo plazo y disminuye significativamente los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Incluso pausas breves de cinco minutos —mirar por la ventana, respirar profundo, no mirar pantallas— tienen impacto positivo en la autorregulación emocional.
También desde el ámbito clínico se reconoce el valor de la inactividad consciente. La psicóloga y autora británica Claudia Hammond, especializada en neurociencia del tiempo, sostiene que incorporar momentos de descanso real ayuda a prevenir el agotamiento crónico y mejorar el bienestar general. No es casual que prácticas como el doing nothing o la niksen (su par neerlandés) se hayan vuelto temas de estudio en los últimos años.
En ese marco, la fjaka puede leerse como una herramienta cultural que anticipa lo que hoy muchos especialistas promueven desde la salud mental: parar no es perder el tiempo, sino recuperarlo. Darle espacio a la mente para descansar también es un acto de cuidado. Y, sobre todo, de resistencia frente a un sistema que premia el cansancio como si fuera una medalla.
