“Es verdad que apenas me has pegado alguna vez de verdad. Pero aquellas voces, aquel rostro encendido, los tirantes que te quitabas apresuradamente y colocabas en el respaldo de la silla, todo eso era casi peor para mí. Es como a alguien que van a ahorcar. Si lo ahorcan de verdad, ha muerto y todo ha terminado. Pero si tiene que ver todos los preliminares del ahorcamiento y sólo cuando le cuelga la soga delante de la cara se entera del indulto, puede que quede dañado para toda la vida.”
Lo anterior forma parte de la carta que el gran escritor Franz Kafka le enviara a su padre. Es posible que la admiración que muchos sentimos por él, haga que también sintamos un poco el latigazo sentimental. “Como una nada, como un sueño, como algo flotante” como dijera en una ocasión el escritor.
Kafka es sin duda uno de los narradores más grandes del siglo XX. No he conocido a nadie que, después de leerlo, no haya quedado fascinado con su obra. Incluso hay quienes dicen que es el escritor de los escritores. El narrador que todos hemos soñado ser. Con él se puede reír (me sucedió con La metamorfosis) o quedar detenido luctuosamente varias semanas ante sus tristes reflexiones. Sin embargo, su vida personal tan desolada, dista mucho del embrujo de sus letras.
Kafka tenía los ojos grandes y grises. Unas densas cejas oscuras. Cara morena y vivaz. Los que le conocieron dicen que hablaba a través de su rostro y que podía fácilmente sustituir las frases por un movimiento facial. Tal vez como un reflejo pasivo de la expresión funcional de su voluntad y sus fobias.
En otra parte de la extensa misiva le dice al padre:
“Sólo recuerdo con claridad un suceso de los primeros años. Quizá tú también lo recuerdes. Una noche no paraba yo de lloriquear pidiendo agua, seguro que no por sed, sino probablemente para fastidiar, en parte, y en parte para entretenerme. Después que no sirvieron de nada varias recias amenazas, me sacaste de la cama, me llevaste al balcón y me dejaste allí un rato solo, en camisa y con la puerta cerrada. No quiero decir que estuviera mal hecho, tal vez no hubo entonces realmente otra manera de lograr el descanso nocturno, pero con ello quiero caracterizar tus métodos de educación y su efecto en mí. En aquella ocasión, seguro que fui obediente después, pero quedé dañado por dentro para toda la vida.”
Kafka era de origen checo- judío pero de lengua alemana. Estudió leyes. Toda su obra ha quedado escrita en alemán. Recordemos que en esa época en Checoeslovaquia una buena parte de los judíos hablaba dicha lengua. Por mucho tiempo estuvo empleado en una oficina de seguros como asesor legal y allí escribía sus obras en los intervalos de su trabajo. Donde a veces no existían límites entre el sueño y la realidad. Pero siempre imponiendo el tema esencial del hombre: superar lo arbitrario y absurdo de la existencia.
Concluyo con otro fragmento de su carta. Pero no sin antes subrayar que Kafka no se atrevió nunca a entregársela personalmente al padre. Se la dio a la madre para que lo hiciera pero ella tampoco se atrevió. Su padre murió sin leerla.
“Yo hubiese sido feliz teniéndote como amigo, como jefe, tío o abuelo, y hasta (aunque en esto ya vacilo) como suegro. Pero precisamente como padre has sido demasiado fuerte mara mí, sobre todo porque mis hermanos murieron pequeños, las hermanas llegaron mucho después, y yo tuve que resistir completamente solo el primer embate y fui demasiado débil para ello”.
Lo anterior forma parte de la carta que el gran escritor Franz Kafka le enviara a su padre. Es posible que la admiración que muchos sentimos por él, haga que también sintamos un poco el latigazo sentimental. “Como una nada, como un sueño, como algo flotante” como dijera en una ocasión el escritor.
Kafka es sin duda uno de los narradores más grandes del siglo XX. No he conocido a nadie que, después de leerlo, no haya quedado fascinado con su obra. Incluso hay quienes dicen que es el escritor de los escritores. El narrador que todos hemos soñado ser. Con él se puede reír (me sucedió con La metamorfosis) o quedar detenido luctuosamente varias semanas ante sus tristes reflexiones. Sin embargo, su vida personal tan desolada, dista mucho del embrujo de sus letras.
Kafka tenía los ojos grandes y grises. Unas densas cejas oscuras. Cara morena y vivaz. Los que le conocieron dicen que hablaba a través de su rostro y que podía fácilmente sustituir las frases por un movimiento facial. Tal vez como un reflejo pasivo de la expresión funcional de su voluntad y sus fobias.
En otra parte de la extensa misiva le dice al padre:
“Sólo recuerdo con claridad un suceso de los primeros años. Quizá tú también lo recuerdes. Una noche no paraba yo de lloriquear pidiendo agua, seguro que no por sed, sino probablemente para fastidiar, en parte, y en parte para entretenerme. Después que no sirvieron de nada varias recias amenazas, me sacaste de la cama, me llevaste al balcón y me dejaste allí un rato solo, en camisa y con la puerta cerrada. No quiero decir que estuviera mal hecho, tal vez no hubo entonces realmente otra manera de lograr el descanso nocturno, pero con ello quiero caracterizar tus métodos de educación y su efecto en mí. En aquella ocasión, seguro que fui obediente después, pero quedé dañado por dentro para toda la vida.”
Kafka era de origen checo- judío pero de lengua alemana. Estudió leyes. Toda su obra ha quedado escrita en alemán. Recordemos que en esa época en Checoeslovaquia una buena parte de los judíos hablaba dicha lengua. Por mucho tiempo estuvo empleado en una oficina de seguros como asesor legal y allí escribía sus obras en los intervalos de su trabajo. Donde a veces no existían límites entre el sueño y la realidad. Pero siempre imponiendo el tema esencial del hombre: superar lo arbitrario y absurdo de la existencia.
Concluyo con otro fragmento de su carta. Pero no sin antes subrayar que Kafka no se atrevió nunca a entregársela personalmente al padre. Se la dio a la madre para que lo hiciera pero ella tampoco se atrevió. Su padre murió sin leerla.
“Yo hubiese sido feliz teniéndote como amigo, como jefe, tío o abuelo, y hasta (aunque en esto ya vacilo) como suegro. Pero precisamente como padre has sido demasiado fuerte mara mí, sobre todo porque mis hermanos murieron pequeños, las hermanas llegaron mucho después, y yo tuve que resistir completamente solo el primer embate y fui demasiado débil para ello”.
