Fue periodista de mirada incisiva, crítico cinematográfico de sensibilidad aguda, guionista, ensayista y un apasionado explorador de la música, arte que no solo conoció en profundidad, sino que también supo analizar en palabras cargadas de resonancia. En él, cada disciplina encontró una forma de reinventarse, como si su talento no reconociera fronteras, sino apenas nuevos lenguajes por conquistar.
Su modo de decir las cosas, seco y contundente, es como un golpe que no admite réplica. Despojado de metáforas ornamentales y de todo exotismo superfluo. Es un estilo que siempre se muestra sin titubeos hacia el núcleo del pensamiento o se pierde en el laberinto de las circunlocuciones.
Cada frase, obediente a una lógica férrea que no se exhibe, pero se impone. La argumentación aparenta una sencillez casi ingenua, como si careciera de artificio; sin embargo, se sostiene sobre citas exactas, que no solo legitiman lo dicho, sino que sitúan al lector ante una narración convincente, donde la claridad se vuelve una forma de cotidianidad.
Cabrera Infante, después de recorrer las asociaciones literarias, las redacciones, el trato con actores, los caminos cinematográficos; escribió guiones, ensalzó el periodismo y maduró como escritor. Y cada laurel que alcanzó desde el exilio, después de abandonar su patria, está fecundado con lágrimas y cada aplauso encubre una carcajada de sarcasmo y rabia por lo que le tocó vivir.
Desde su muerte, en Cuba ha comenzado a respirarse una inquietud distinta, como si una corriente subterránea hubiese descubierto su palabra. Han emergido nuevas obras —religiosas, literarias, filosóficas, recreativas— que buscan abrirse paso entre el silencio y la memoria. Poetas antes cautelosos se han atrevido a exponer libros de filo crítico, desafiando inercias y temores; mientras los intelectuales, sacudiéndose la modorra de las academias, han hecho resonar sus voces con una urgencia largamente contenida. Y, sin embargo, en esa diversidad de tonos y búsquedas, en esa efervescencia dispersa, late una raíz común: la sombra fértil y provocadora de Guillermo Cabrera Infante, cuya presencia persiste como un eco que aún dicta el ritmo de la palabra.
Algo que no ocurre por azar. Cabrera Infante fue el mago de los escritores cubanos. Sus narraciones poseen esa pompa espléndida de la vegetación tropical, del decir atrevido al contar hechos heroicos. Con esa prosa festiva y hábil para deleitar hasta el lector más remolón. Por ejemplo, en “La Habana para un Infante Difunto“ dice”
“Severa era muy habanera. Consiste en una agresividad casi masculina, al hablar y al moverse y al enfrentarse con cualquier otra persona que presente un reto, sobre todo con los hombres. Severa era muy liberal con las malas palabras y tenía un sentido del humor agudo pero vulgar, eso que se llamó relajo, sustantivo tan usado en La Habana, en tantos sentidos, todos bordeando el tema erótico, cuando no cayendo en la pornografía, al mismo tiempo que insinúa la falta de respeto a todo.”
En otras ocasiones, cuando hace un movimiento brusco y aprieta la mano, deja ver sus razonamientos mezclados de sarcasmos o vivas emociones políticas, pero igualmente fáciles de digerir.
“La memoria es una traductora simultánea que interpreta los recuerdos al azar o siguiendo un orden arbitrario: nadie puede manipular el recuerdo y quien crea que pueda es aquel que está más a merced del arbitrio de la memoria.”
Cabrera Infante terminó fijando su residencia en Reino Unido. Desde allí agigantó su pasión por la literatura y recibió innumerables distinciones. Entre los cuales se destaca el Premio Cervantes en 1997, el galardón más codiciado por los escritores de nuestra lengua. Un premio que está destinado a distinguir la obra global de un autor en lengua castellana cuya contribución al patrimonio cultural hispánico haya sido decisiva.
Además, recibió en 2003, el Premio Internacional de la Fundación Cristóbal Gabarrón en la categoría de Letras. Un reconocimiento a la trayectoria de personas e instituciones destacadas en artes, ciencias, cultura y humanidades, enfocándose en valores humanistas.
Lamentablemente, Guillermo Cabrera Infante falleció en Londres el 21 de febrero de 2005 producto de una septicemia, producto de una fractura de cadera. Para la fecha contaba con 75 años. Sus restos fueron incinerados y han sido guardados hasta que puedan llevarse algún día a su tierra natal.
