Akapana estaba orgullosa de su familia. Su esposo había sacrificado la vida para complacer al “Dios de la Lluvia y el Relámpago''. El único que poseía la facultad para dominar el agua y proveer el “Licor de la Tierra'' que contribuía al crecimiento de los cultivos.
Ella siempre había soñado con una muerte digna para su marido, y sobre todo, menos dolorosa. Porque la tribu vecina, en una ceremonia similar, mataba a las personas retorciéndolas entre cordeles colocados a manera de red. Y retorcían tanto la maya que los pedazos del cuerpo salían disparados por los huecos.
A pesar de la súplica de algún sacrificado (algo que ocurrió muy pocas veces) no se detenía el rito hasta que le hacían echar el intestino. Un momento especial para que un grupo de hombres iniciara la “Danza por la Muerte”. Por eso Akapana se encontraba agradecida con los dioses y lo gritaba a los cuatro vientos. Pues de alguna manera, su esposo había sido un elegido de Dios para que el sufrimiento no fuese exagerado.
Además, la valiente ofrenda del esposo también evitaba que su hijo fuera llamado a participar en la celebración de “La Cueva''. Ya que según la costumbre, ningún hijo de un “Flechado” tenía necesidad de hacer otro sacrificio. La primera muerte abarcaba a toda la familia en las ofrendas que exigían los dioses.
La celebración de “La Cueva'' era particularmente muy esperada por los habitantes de la tribu. La celebración consistía en que cuatro niños de seis años de edad debían morir tapiados en una caverna. Algo muy importante para el bienestar de las cosechas y la purificación del alma de los sembradores.
Una vez encerrados, los dejaban morir de hambre y sed en virtud de esos buenos augurios. Y cuando la cueva se abría al año siguiente, los restos de los niños servían de inspiración a los nuevos escogidos para repetir el culto. De manera que, para Akapana, la muerte de su compañero sentimental había sido una bendición para la familia.
Dos años atrás, una de sus hermanas también fue escogida para otro sacrificio no menos importante: honrar al “Volcán de la Montaña Roja”. Akapana contaba entusiasmada como a su hermana la vistieron de verde y le colocaron una corona blanca en la cabeza. Esa tarde fue la representación del bosque y la nieve. «Lucía esplendorosa » decía Akapana.
Más tarde, al concluir el paseo, dos guerreros situaron a su hermana al lado de una imagen que representaba al Sol y la descuartizaron. Su cabeza pasó a honrar a los “Dioses del Monte''. Seguidamente el resto de su cuerpo fue llevado a una planicie y se lo comieron junto a los mejores platillos de la tribu.
Vale decir que Akapana no probó la carne de su hermana. No por una cuestión ética, sino porque prefirió comerse un codo de uno de los cautivos de guerra. Seleccionó esa parte porque las manos, los pies y la cabeza, que eran las partes más apetitosas del prisionero, solamente estaban disponibles para los sacerdotes y los oficiales.
Sin embargo cuando descubrían a un “traidor” y lo llevaban a la Plaza Central, no había distinción. Ni siquiera el “Gran Cacique” tenía privilegio. Al desleal lo desmembraban completamente y la gente podía disfrutar de cualquier parte: labios, nariz, orejas cortadas a ras del cráneo, hombros, pies, tobillos.
Hay que señalar que el jefe de la tribu rara vez comía carne humana. Solo en su cumpleaños rompía la regla pero debía estar sumamente aderezada. Dentro de sus preferencias estaban los muslos con maíz. Acompañado de una bebida fabricada varios meses antes.
Ese día sus allegados sacrificaban a una mujer. La acostaban en una piedra labrada y con una navaja de obsidiana la despedazaban. Luego la devoraban en un gigantesco asado. Mientras que el corazón, aún bullendo, lo colocaban en una jícara ante el altar. Al final de la cena todos se emborrachaban de mala manera.
Después de la muerte de su esposo Akapana mejoró considerablemente su estándar de vida. La suerte se puso de su parte y se dedicó a la prostitucion; uno de los papeles más importantes que tenía la mujer dentro de aquella sociedad. Una prostituta siempre era bien vista y admirada por todos. Entre otras cosas, porque con su trabajo evitaba que los hombres que iban a la guerra violaran a las mujeres de los pueblos conquistados. Un acto de suma nobleza.
El nuevo oficio le dio asimismo la oportunidad de usar chanclas y bañarse con regularidad. En este sentido, los zapatos o cactlis eran una señal de mujer poderosa. Además, recibía jugosos regalos como estuches de barro para “maquillaje”, peines de hueso y trozos de minerales que utilizaba como espejos.
Ella era una de las más resistentes en el oficio. Podía atender a doce hombres en un día y continuar con toda normalidad sus labores cotidianas. Por eso cuando caminaba por el lugar recibía el reconocimiento de las demás mujeres.
Akapana se esmeraba mucho en su cuidado personal. Se alisaba el cabello, usaba perfume de variadas hierbas y se adornaba con flores. Bordaba ella misma sus vestidos de colores llamativos cuando salía a ofrecer sus servicios en las encrucijadas. Ahí se paraba un rato guiñando el ojo a los hombres mientras mastican un tzictli.
Akapana no tenía nada más que pedirle a la vida. Poseía felicidad que es la máxima ambición de un ser humano. Se había despojado de las cadenas que implican las pasiones hasta comprender el mundo que la rodeaba. Para ella no existía el miedo y el odio. Aceptando con orgullo la tradición de la tribu.
No obstante, un día cambió toda la felicidad de Akapana y su pueblo. Un grupo de visitantes extraños apareció en la costa. Bien vestidos y sonrientes. La mayoría traía una cruz colgada en el cuello y todos besaban la tierra con los brazos en alto. Un gesto que los pobladores interpretaron como una señal de respeto.
La totalidad de la tribu salió al encuentro de los recién llegados. Akapana acudió con su hijo. Se veía muy elegante con una falda de flores y los senos al aire. Al principio la confusión se apoderó de su rostro. Luego fue lentamente recobrando la normalidad cuando vio que el grupo que estaba a su alrededor comenzó a danzar.
Posteriormente el “Gran Cacique'' les ofreció una acogida favorable y cálida a los extranjeros. La hospitalidad a los recién llegados se manifestaba en cada mirada, en cada saludo, en cada sonrisa. Incluso algunos trajeron alimentos y obsequios. A pesar de que nadie era capaz de descifrar las raras palabras de los desconocidos.
Con el transcurso de los días continuaron llegando forasteros. Y a medida que aumentaban la presencia fueron tomando el control e imponiendo condiciones. Sus armas marcaban la superioridad. Además, los miembros de la tribu se intimidaban con solo mirar las extrañas vestimentas y las pinturas que traían sus embarcaciones.
Demás está decir que la vida en la aldea dio un giro de ciento ochenta grados. Nada continuó siendo igual. Algunos pobladores huyeron hacia la montaña y se escondieron. Otros desaparecieron en rústicas embarcaciones y nunca más regresaron. Todos pensaron que sobre el pueblo había caído la maldición de la “Montaña Roja”.
Akapana fue escogida por el jefe de los visitantes para desempeñarse en las labores domésticas junto a su hijo. Su esbelta figura e inteligencia la hacían sobresalir de las demás. Incluso su higiene y vestimenta eran una distinción. Tal vez por esto fue tratada muy bien desde el principio. No obstante, en su rostro podía leerse una tristeza que escapaba de su control y que iba en aumento a medida que transcurría el tiempo.
Las nuevas autoridades prohibieron la fiesta de “Los flechados”. Tampoco se permitió conseguir los buenos augurios del pueblo a través de la celebración de “La Cueva''. Ni siquiera dejaban disfrutar de la carne humana después de honrar al volcán de la “Montaña Roja”.
Los extraños visitantes no respetaron las costumbres ni las tradiciones. Viejas experiencias que se habían transmitido de generación en generación para crear la autenticidad de la tribu. Además de inundar el pueblo con creencias ajenas a su cultura. De ahí la angustia de Akapana que veía desaparecer su modo de entender el mundo.
Una mañana Akapana se detuvo frente al río y permaneció mirando el remolino de espumas que flotaba en la corriente. Aún las aguas conservaban las huellas de la niebla en la ribera. De pronto una incontrolable congoja le embargó el pensamiento y sin pensarlo dos veces se acercó todo lo más que pudo a la orilla.
Luego llenó de piedras los bolsillos y se metió al río. Buscando la profundidad sin apartar la mirada del cielo. Quería huir del mundo en la obsesión del agua. Entregando su propia ausencia. Demostrando que sí hay alternativa al vacío y que nunca hace frío para morir.
Escogió exactamente el quinto mes del año para decir adiós. Fecha en que la tribu acostumbraba a realizar la gran fiesta en honor al Sol. Para ello buscaban a un joven que no tuviera defectos y que supiera cantar y bailar. Entonces lo paseaban por todo el pueblo bien arreglado y con muchas flores.
Más tarde le buscaban a cuatro bellas mozas y con todas tenía sexo. Al concluir la faena lo mataban y se lo comían. Ese día también la gente exhibía sus mejores bailes. Por esto, es posible que Akapana haya desaparecido con la “Danza de las aguas'' y recordando al último joven con quien tuvo intimidad en honor al Sol.
