Juan Ramón Jiménez es uno de los autores más emblemáticos de la literatura española, recibiendo el Premio Nobel en 1956. Nacido en Moguer, España, el 23 de diciembre de 1881. Su obra “Platero y yo”, un recuerdo nostálgico de su niñez, se convirtió en un clásico literario que hoy es conocido en varios idiomas.
“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe…”
El poeta vivió asolado por constantes depresiones. Sus cuadros depresivos parecían no tener fin. En 1946, fue hospitalizado alrededor de ocho meses. Cuando recibió el máximo reconocimiento a su carrera el Premio Nobel de Literatura, no pudo disfrutarlo mucho pues tres días más tarde, Zenobia, el gran amor de su vida, falleció en San Juan de Puerto Rico a consecuencia de una larga enfermedad.
La pérdida fue devastadora y Juan Ramón nunca se recuperaría. El poeta se encerró en la soledad de su casa y dejó de comer, e incluso de asearse. Al final tuvo que ser recluido en una sanatorio mental en la población puertorriqueña de Hato de Tejas.
A partir de ese momento, la vida del poeta fue un auténtico descenso a los infiernos, y tras sufrir una caída que le produjo una fractura de cadera, su familia intentó que regresase a España, cosa a la que este se negó rotundamente.
Los últimos días de mayo de 1958, el poeta contrajo una bronconeumonía que lo obligó a ingresar en la Clínica Mimiya en Puerto Rico, la misma en la que había fallecido su amada Zenobia.
Juan Ramón no respondió al tratamiento y murió el 29 de mayo. Sus restos mortales fueron trasladados a España, y hoy reposan en el cementerio de su Moguer natal, donde recibieron sepultura el 6 de junio de 1958.
A partir de ese momento, la vida del poeta fue un auténtico descenso a los infiernos, y tras sufrir una caída que le produjo una fractura de cadera, su familia intentó que regresase a España, cosa a la que este se negó rotundamente.
Los últimos días de mayo de 1958, el poeta contrajo una bronconeumonía que lo obligó a ingresar en la Clínica Mimiya en Puerto Rico, la misma en la que había fallecido su amada Zenobia.
Juan Ramón no respondió al tratamiento y murió el 29 de mayo. Sus restos mortales fueron trasladados a España, y hoy reposan en el cementerio de su Moguer natal, donde recibieron sepultura el 6 de junio de 1958.
De su repertorio poético:
A mi alma
Siempre tienes la rama preparada
para la rosa justa; andas alerta
siempre, el oído cálido en la puerta
de tu cuerpo, a la flecha inesperada.
Una onda no pasa de la nada,
que no se lleve de tu sombra abierta
la luz mejor. De noche, estás despierta
en tu estrella, a la vida desvelada.
Signo indeleble pones en las cosas.
luego, tornada gloria de las cumbres,
revivirás en todo lo que sellas.
Tu rosa será norma de las rosas;
tu oír, de la armonía; de las lumbres
tu pensar; tu velar, de las estrellas.
El viaje definitivo
… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando:
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará, nostálgico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.


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