Posteriormente las autoridades extendieron su condena por 19 años, o sea, 14 más por varios intentos de fuga. Al salir en libertad tuvo que enfrentar una situación no menos peor. En esa época un récord criminal tenía consecuencias insalvables. Nadie le daba trabajo, nadie le ofrecía alojamiento, incluso ni siquiera los conocidos se volteaban a saludar. De ahí que no tuvo más remedio que andar y andar, arrastrando su vida entre la necesidad y el desprecio.
Sin embargo, esa misma noche cuando todos dormían el hombre se levantó con sigilo, tomó varias prendas y huyó por la ventana. Pero con tan mala suerte, que esa misma mañana fue detenido por la policía, quienes de una vez, lo llevaron ante el Obispo.
Apenas el prelado lo vio junto a la policía corrió a saludarlo y le dijo:
— Me alegro que hayas vuelto, porque aparte de las prendas que te di ayer, también quería regalarte estos 2 candelabros de plata.
La policía al escuchar sus palabras, lo soltó inmediatamente pensando que se habían confundido. Y de una vez, pidieron disculpas y se retiraron. Inmediatamente el Obispo se le acercó y con cierta ternura le dijo :


